"Las ideas no duran mucho; hay que hacer algo con ellas".

D. Santiago Ramón y Cajal


lunes, 6 de mayo de 2013

¿POR QUÉ LA GENTE CREE EN TRATAMIENTOS "ALTERNATIVOS" INÚTILES?


Si una terapia no ortodoxa resulta poco creíble debido a que los mecanismos implicados o sus supuestos efectos contradicen leyes científicas bien fundamentadas; carece de una base lógica científica aceptable; tiene insuficientes pruebas de apoyo derivadas de una investigación científica controlada; ha fracasado en ensayos clínicos controlados realizados por evaluadores imparciales; no ha sido capaz de refutar explicaciones alternativas por las cuales podría parecer que funciona en escenarios no controlados, y parece de eficacia improbable, incluso para los profanos en el tema, sobre la base del sentido común... Entonces, ¿por qué hay tanta gente instruida que continúa comprando y vendiendo este tipo de tratamientos?
El psicólogo canadiense Barry L. Beyerstein, profesor de la Simon Fraser University, en la Columbia Británica, escribió un magnífico artículo en 1999, traducido por Sergio López Borgoñoz a partir del texto original “Social and judgmental biases that make inert treatments seem to work” publicado en Scientific Review of Alternative Medicine. En él dice: “Es mi propósito en este artículo llamar la atención sobre ciertos factores sociales, psicológicos y cognoscitivos que pueden llegar a convencer a gente honrada, inteligente e instruida de que tratamientos desacreditados científicamente pueden llegar a tener algún valor”.
Entre otras cosas, dice el Dr. Beyerstein que las medicinas llamadas alternativas siguen siendo “alternativas” porque los que las practican dependen de razonamientos subjetivos y testimonios de otros usuarios en vez de basarse en una investigación científica que apoye y sustente esas prácticas. Permanecen fuera de la corriente científica porque la mayor parte de sus supuestos mecanismos contradicen principios bien establecidos de la biología, de la química o de la física. Si los defensores de estas terapias pudieran aportar pruebas aceptables que apoyaran sus métodos, éstas dejarían de ser alternativas al incorporarse a la medicina convencional.
En su artículo indica que los consumidores de tratamientos no científicos pueden ser clasificados básicamente en dos grupos. En el primero de ellos se encuentran los usuarios que prueban las terapias no convencionales porque asumen, erróneamente, que anteriormente alguien “de confianza” las ha sometido a una prueba de eficacia. Este “alguien de confianza” puede ser una cadena de TV que emite una noticia no contrastada sobre el tema o el testimonio favorable de un amigo. Otras veces la fuente de confianza es haber visto el producto en una farmacia compartiendo espacio con productos de eficacia contrastada o una publicidad insertada en un medio de comunicación.
Los del segundo grupo, en opinión del Dr. Beyerstein, escogen tratamientos alternativos por un compromiso filosófico más amplio. Aquellos que escogen las medicinas complementarias sobre bases ideológicas mantienen un afecto por estas prácticas mucho más sólido y enraizado en una vasta red de creencias sociales y metafísicas, no siendo necesario añadir que su visión cosmológica difiere sustancialmente del punto de vista racionalista que define la biomedicina científica y de sus reglas empíricas, por lo que no es sencillo llegar a un consenso con ellos.
Estas corrientes están impregnadas de ciertos contenidos mágicos y de un punto de vista subjetivo del Universo cuyo dualismo mente-cuerpo ha facilitado el retorno de diversas variantes de la “curación mental” tan popular a lo largo de los siglos; es decir, la creencia de que las verdaderas causas y los remedios para casi todas las enfermedades radican en la mente. Indudablemente, sería bonito que la risa y tener la mente ocupada con pensamientos optimistas nos mantuvieran sanos, o que el hecho de rezar pudiera librarnos de enfermedades
Por otra parte, estas corrientes suelen explotar la opinión muy difundida de que la medicina moderna se ha vuelto excesivamente tecnócrata, burócrata e impersonal. Esto lleva a algunas personas a recordar nostálgicamente los días en los que un afable doctor del pueblo tenía todo el tiempo necesario para dedicar a un paciente y servirle de alivio acompañándole en su lecho. Esta situación en sí misma es muy deseable, pero se tiende a olvidar que, con frecuencia, eso era lo único que el médico podía ofrecer en esos tiempos.
Escribe el Dr. Beyerstein que un peculiar barniz romántico tiende a convertir a los remedios “naturales” de las terapias alternativas y su enfoque “holístico” en procedimientos necesariamente más seguros, menos agresivos, y más eficaces que los que tienen un origen tecnológico. Se escucha frecuentemente, por ejemplo, la absurda afirmación de que los brebajes de hierbas no tienen efectos secundarios: si los ingredientes de un producto natural son lo suficientemente potentes como para afectar a la fisiología humana de una manera ventajosa, son ciertamente también capaces de causar efectos secundarios. Decir otra cosa es admitir que se está administrando una sustancia inerte.
En definitiva, el Dr. Beyerstein aconseja a los clientes que sean incrédulos hacia cualquier persona que efectúe prácticas “médicas” que:
1. Sea ignorante u hostil hacia la corriente principal de la ciencia;
2. No pueda proporcionar una explicación razonable para sus métodos;
3. Use una jerga promocional enlazada con alusiones a fuerzas espirituales y energías vitales o a planos inciertos, vibraciones, descompensaciones y afectividades;
4. Asegure poseer ingredientes o procesos secretos;
5. Apele a conocimientos ancestrales y a “otras formas de conocimiento”;
6. Afirme “tratar a la persona como un todo” en vez de tratar enfermedades;
7. Declare ser perseguido por la vieja guardia y aliente acciones políticas en su nombre, o esté presto a atacar o demandar a sus críticos en vez de responder con investigaciones válidas.

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