"Las ideas no duran mucho; hay que hacer algo con ellas".

D. Santiago Ramón y Cajal


martes, 24 de noviembre de 2009

REFLEXIONES SOBRE EL DOPAJE

Cada vez son más los países que de una u otra forma tienden a incorporar los casos de dopaje en el deporte a la legislación penal (recientemente hemos conocido la noticia referente a Austria). En mi opinión, es necesario pararse a reflexionar porque hace tiempo que tengo la sensación de que estamos “perdiendo los papeles” entre todos y, no sé si soy yo el único que lo ve, pero la consecuencia es que estamos desenfocando el problema. Ante todo partamos de la base de que el uso de sustancias o métodos artificiales para obtener ventaja en la competición es algo peligroso para la salud del deportista, éticamente reprobable y contra lo que se debe actuar. Pero una vez aclarado este punto deberíamos reflexionar sobre algunos aspectos.

El dopaje es un fenómeno deportivo y ligado conceptualmente a la competición, por lo que difícilmente podremos hablar con propiedad de dopaje si no estamos refiriéndonos a deportistas y con una finalidad competitiva. Desde este punto de vista sería errónea la equiparación del dopaje con las drogodependencias, lo que se puede comprobar fácilmente consultando en el DSM-IV los criterios que definen a una dependencia. Sacar el problema del dopaje del ámbito de lo deportivo conduce a menudo a incoherencias para el sentido común, como los espectáculos que a menudo se ven en el Tour de Francia con policías de élite realizando redadas en los hoteles de los ciclistas. Un deportista que se dopa es un tramposo e incluso puede ser un insensato por jugar con su salud, pero no es un delincuente.

El argumento ético en la lucha contra el dopaje, protegiendo el juego limpio, resulta impecable. Pero lamentablemente el sentido ético en el deporte resulta bastante huidizo en un mundo en el que todo vale para los intereses comerciales y económicos, por lo que es tremendamente importante que toda actuación en este sentido sea creíble y coherente. Un ejemplo: ¿resultaría realmente eficaz una campaña educativa dirigida a niños/as pertenecientes a grupos de iniciación deportiva (o a sus padres y madres) sobre la falta de juego limpio que supone el dopaje, cuando diariamente vemos conductas (fomentadas frecuentemente por padres y monitores) en las que se estimula el ganar a cualquier precio y cuando la lealtad y el respeto por el contrario no suelen formar parte del lenguaje utilizado con los más jóvenes? Otro aspecto ético a reflexionar es si el uso de sustancias es el único elemento de desigualdad entre los deportistas en la competición. Por ejemplo, ¿tienen el mismo acceso los países ricos y pobres a las nuevas tecnologías y a los nuevos materiales en el deporte? ¿compiten en condiciones de igualdad?

Desde el punto de vista de la protección de la salud hay que hacer también esfuerzos para que el argumento resulte creíble, porque con frecuencia no deja de sorprender la gran preocupación por la salud de los deportistas (que lleva incluso a tutorizar los actos médicos) cuando el deporte de competición está rodeado de circunstancias que son un verdadero peligro para la salud. Por ejemplo, ¿las carreras ciclistas por etapas se van a reducir en su duración y trazados a límites compatibles con la naturaleza humana?, ¿se va a prohibir competir en la élite antes de la pubertad?, ¿se van a vigilar las tendencias anoréxicas fomentadas en algunas disciplinas deportivas?, ¿las carreras de resistencia se van a hacer en los horarios menos agresivos climatológicamente con independencia de lo que digan los intereses televisivos?, ¿se van a hacer por fin obligatorios los exámenes médicos previos a la participación deportiva? …y un largo etcétera.

Pero quizás uno de los principales problemas que tendrá que resolver la lucha contra el dopaje en aras de la coherencia y la credibilidad, es convencer a la sociedad de que está justificado el gasto que se realiza en un problema cuya prevalencia real se sitúa en torno al 0,8% de los deportistas analizados (sea cual sea la estadística que utilicemos) y que si lo referimos a la población general estaríamos ante una tasa aproximada del 0,015 por mil. Es muy probable que ningún otro problema de salud con semejante tasa de prevalencia movilice la cantidad de recursos técnicos, económicos, científicos o mediáticos que moviliza el dopaje. Si tomamos como ejemplo la Olimpiada de Atenas, en la que se superaron con creces los casos de dopaje detectados en otras Olimpiadas, estamos ante 25 casos de un total de 12.000 participantes, es decir, el 0,2%, y que además reproduce una y otra vez el mismo patrón: anabolizanes, diuréticos y estimulantes centrales.

En definitiva, cualquier estrategia contra el dopaje debe ser coherente y, ante todo, creíble. En su prevención no se puede equivocar la población diana, debiendo identificar correctamente a los grupos de riesgo y colocar el problema en su justa dimensión sin magnificarlo. En la represión se debe empezar por hacer una revisión crítica y en profundidad de la lista de sustancias y métodos prohibidos y, ante todo, se debe evitar tratar al deportista como un delincuente.

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